La espuma baila delante de sus ojos y se tiñe de mil colores.
—Gertrudis—dice el joven tratando de tomarle la mano;—he venido a decirte adiós para siempre. ¿Vas a dejarme partir sin una palabra?
—Y yo, yo he venido para dar reposo a mi alma;—dice ella, retrocediendo ante la mano que la toca.—Juan, he sufrido mucho por causa tuya... he envejecido veinte años lo menos... Estoy débil y enferma... ten piedad de mí... no me toques... no quiero volver a entrar en la casa de tu hermano manchada con una falta.
—Gertrudis ¿has venido aquí para torturarme?
—¡Silencio, Juan, silencio!... ¡No me hagas daño!... Vamos a separarnos puros y honrados... y a llevar con nosotros paz y valor para toda la vida. No nos dejemos arrastrar... ni por el amor ni por el resentimiento.
Se detiene aniquilada. Su respiración es fatigosa.
Después, reuniendo con trabajo todas sus fuerzas, continúa:
—Yo sabía que vendrías... hace mucho tiempo, antes de recibir tu billete... y he reflexionado mil veces hasta sobre la menor palabra... que tenía que decirte. Pero es preciso que no me hagas perder la calma.
Los ojos de Juan brillan en las tinieblas, su respiración es ardiente; con una risa estrepitosa dice:
—No nos rodea de una aureola este bien inútil; estamos condenados en la tierra y en los cielos. Por lo tanto, aprovechemos al menos...