Se interrumpe, prestando atención.
—¡Calla!... He creído oír... en la pradera...
Escucha conteniendo la respiración... No se siente nada... no se ve nada... Fuera lo que fuese, se lo ha llevado la noche y la tormenta.
—Bajemos a la orilla—dice.—Nuestras figuras se dibujan aquí contra el cielo.
Ella marcha delante, y él la sigue. Pero el suelo está húmedo y la joven resbala; entonces él la toma entre sus brazos y la lleva hasta abajo, a la orilla del río. Sin defensa, ella se aferra a su cuello.
—¡Qué poco pesas desde aquel día!...—dice él en voz baja, dejándola bajar al suelo.
—¡Oh! apenas me reconocerías, si pudieras verme;—replica ella en voz también muy baja.
—¡Oh! ¡cuánto daría por verte!
Y trata de apartarle el pañuelo que le cubre el rostro. Un óvalo pálido, dos círculos de sombra negra, en el lugar donde están los ojos, es todo lo que la obscuridad permite distinguir.
—Me parece que estoy ciego—dice él.