Y su mano trémula baja de la frente de Gertrudis hasta sus mejillas, como para reconocer, tocándolas, esas facciones queridas. Ella no retrocede ya y deja caer su cabeza sobre el hombro de Juan.

—¡Cuántas cosas tenía que decirte!—murmura la infeliz.—Y ahora no se me ocurre nada, absolutamente nada.

El la aprieta entre sus brazos más estrechamente; y los dos permanecen silenciosos e inmóviles, mientras la tormenta los sacude y la lluvia los azota.

Entonces, desde la aldea, llegan de tiempo en tiempo los sonidos de la trompa del conductor de la diligencia, medio apagados por el ruido del viento y de la lluvia.

—¡Ha concluido!—dice él temblando.—Tengo que irme!

—¿Ya?... ¿esta noche?—balbucea ella con voz sorda.

El dice que sí con un ademán.

—¿Y no te veré ya nunca?

Un grito domina el ruido del huracán.

—¡Juan!... ¡por piedad, no me abandones!... ¡no puedo... vivir sin ti!