Sus dedos se hunden en los hombros de Juan.
—No partirás... no lo quiero.
El trata de apartarse a la fuerza.
—¡Ah!... te vas... ¡cruel!... Me moriré si me abandonas... No puedo... Llévame contigo... ¡Llévame contigo!
—¿Has perdido la razón, desgraciada?
Y se oculta el rostro en las manos gimiendo.
—¡Ah! Llamas a esto perder la razón... Acaso el cordero no se rebela cuando lo llevan a... ¿Y tú querrías? ¿Así es como me amas?...
—¿No piensas en Martín?
—¡Es tu hermano! ¡lo sé!... Pero sé también que moriré si sigo por más tiempo al lado de él. Me pongo a temblar sólo al pensarlo... ¡Llévame contigo, Juan! ¡Llévame contigo!
El la toma por las dos muñecas, y sacudiéndola le dice con voz ahogada: