—¿Pero sabes también que yo no soy más que un miserable, un ser vil y perdido, un borracho, que no sirve para nada? ¡Si me pudieses ver, te daría asco!... Las personas honradas se apartan de mí; me he convertido para ellas en un objeto de repulsión... ¿Y te figuras que yo podría amarte? Jamás te perdonaría haber venido a meterte entre Martín y yo; jamás te perdonaría el crimen que he cometido con él por culpa tuya. Ese crimen se alzará entre nosotros dos mientras vivamos. Te colmaría de injurias y de golpes cuando estuviera ebrio. Tu vida sería un infierno conmigo... ¿Qué dices ahora?

Ella baja la cabeza como para someterse, y con las manos juntas exclama:

—¡Llévame contigo!

Un grito de alegría feroz se escapa de los labios de Juan.

—Entonces, ven... pero ven corriendo... La diligencia se detiene sólo un cuarto de hora. Nadie nos verá más que Franz Maas... pero él no nos hará traición. Cuando llegues a la ciudad te comprarás vestidos... ¿Eh? ¿qué es eso?

El molino se anima. Por la puerta completamente abierta sale una claridad que se esparce en las tinieblas... Una linterna pasa a través del patio, desaparece, vuelve a aparecer, y de repente, lanzada al aire, atraviesa la atmósfera describiendo una curva como un meteoro...

XXVII

Martín dormía en su lecho. Llaman a la puerta.

—¿Quién está ahí?

—Yo... David.