—¿Qué quieres?

—Abra, mi amo... Tengo que decirle una cosa urgente.

Martín salta del lecho, enciende una vela y se viste de prisa. Lanza una mirada a la cama de Gertrudis: está vacía... Seguramente ella está en la sala, dormida sobre su labor, porque, desde hace tiempo, el sueño no le llega con regularidad.

—¿Qué hay?—pregunta Martín al viejo David, que ha entrado en el vestíbulo, calado hasta los huesos.

—¡Mi amo!—dice el otro, mirándolo con el rabillo del ojo por debajo de la visera de su gorra...—Llevo veintiocho años a vuestro servicio... y vuestro difunto padre ha sido siempre bueno conmigo...

—¿Para contarme eso has venido a despertarme a media noche?...

—Sí; pero sucede que esta noche, cuando me desperté al oír el ruido de la lluvia, me dije con inquietud que las esclusas no estaban levantadas... que eso acabaría por retener las aguas y que mañana no podríamos moler...

—¿No te he dicho quinientas veces, animal—exclama Martín,—que no hay que levantar las esclusas más que en caso de extrema necesidad?

—No las he levantado—responde David.

—¡Ah!... ¿Entonces?