—Pues, al llegar a la presa, veo, dos enamorados en el puentecillo...

—¿Y para eso?...

—Y entonces me dije que era una vergüenza y un escándalo, y que eso no podía durar...

—¡Déjalos que se amen, por todos los diablos!

—Y que yo debía hacer saber a mi amo... que el señor Juan y la señora...

No puede continuar; la mano de su amo lo ha cogido por la garganta.

¿Qué le sucede a Martín?... ¡Infeliz! El rostro se le pone amoratado y se congestiona, las venas de la frente se hinchan, los ojos parecen querer saltar de sus órbitas, una espuma blanquecina aparece en los labios.

Exhala una queja, semejante al aullido de un chacal; y, dejando a David, se rompe el cuello de la camisa... aspira el aire profundamente, dos o tres veces, como si se ahogara; después ruge, con una violencia desencadenada de repente:

—¿Dónde están?... ¡Ah! ¡me las pagarán!... Han representado una comedia... Se han burlado de mí... ¿Dónde están?... voy a aplastarlos inmediatamente!...

Arrebata la linterna de las manos de David, lleno de estupor, y se lanza fuera. Desaparece bajo el cobertizo y reaparece un momento después; encima de su cabeza brilla un hacha... Hace girar tres o cuatro veces la linterna y la arroja lejos de él, en medio del agua; después, se precipita hacia la presa...