—¡Viene alguien!—murmura Gertrudis apretándose estrechamente contra Juan.
—Sin duda van a hacer algo en las esclusas—responde él en el mismo tono.—No te muevas y no tengas miedo.
La sombra avanza rápidamente... Un grito, una especie de rugido animal, atraviesa la noche, dominando el ruido de la tempestad.
—¡Es Martín!—dice Juan, retirándose algunos pasos.
Pero en breve se serena, aprieta a Gertrudis entre sus brazos y la arrastra consigo hacia la presa, donde se ocultan en la sombra más espesa.
Cerca de ellos, al nivel de su cabeza, pasa Martín ciego de furor. El hacha que lleva brilla al débil resplandor de la espuma blanca.
Se detiene al otro lado de la presa. Parece interrogar con la mirada la vasta llanura que se extiende, sin un árbol, sin un arbusto, sumida en una obscuridad uniforme.
—¡Vigila la esclusa del molino, David!—grita hacia la casa con voz de trueno.—Están en la pradera; voy a buscarlos.
Juan deja escapar una exclamación de horror. Ha comprendido la intención de su hermano; va a alzar el puente levadizo para encerrarlos en la isla... ¡Y justamente detrás de Gertrudis pende la cadena que hay que tirar para levantar el puente!
Su primer pensamiento es: «Defiende a la mujer.» Se arranca de los brazos de Gertrudis y transpone de un salto el talud de la orilla, para ofrecerse como víctima al furor de su hermano.