Gertrudis lanza un grito estridente. Juan de este lado, en peligro de muerte... al otro lado, Martín fuera de sí... El hacha brilla... Pero detrás de ella está la cadena, la anilla de hierro que le toca la cabeza... La toma con sus manos temblorosas, se cuelga de ella con todas sus fuerzas; y, en el momento mismo en que Martín va a poner el pie en el puentecillo, éste se levanta crujiendo.
Juan no ve nada de eso; no ve más que la sombra allá arriba, y el brillo del hacha. Unos pasos más, y la muerte caerá sobre él. Entonces, ante lo inminente del peligro, acude a su memoria el recuerdo de su madre y lo que ella dijo un día a Martín furioso:
—¡Piensa en Fritz!—grita a su hermano que avanza.
Entonces a éste se le escapa el hacha, vacila y cae... Un choque... un remolino de agua... Ha desaparecido.
Juan se lanza hacia adelante, su pie tropieza con el puente levantado; delante de él hay un negro agujero.
—¡Hermano! ¡hermano!—exclama con loca angustia.
No piensa ya en nada, no siente nada. Sólo una idea: «¡Salva a tu hermano!» le zumba en la cabeza.
Con ademán violento suelta su capa; da un salto, y se oye el golpe sordo de una caída contra la roca viva.
Gertrudis, medio desvanecida, se agarra a la cadena; en el agua transparente ve pasar un bulto obscuro que desaparece en el torbellino de espuma. Un segundo después pasa otro bulto... Pasan como dos sombras delante de ella.
Alza los ojos. Allá arriba todo está tranquilo... todo está vacío... La tempestad aúlla... las aguas mugen... La joven cae en la orilla, sin conocimiento.