—Vuelva a su casa, mi querido pastor, y haga que su mujer le dé un buen grog. Su túnica me parece un poco liviana.

—Hum...—contestó con expresión maliciosa;—nadie lo diría, pero tengo debajo una levita.

—No importa—repliqué;—será mejor que se vuelva. Del joven me encargo yo; sé mejor que usted dónde tiene la herida.

Y nos dejó solos.

—Vamos, muchacho—dije a Lotario;—tú no puedes devolverle la vida. Vamos a tu casa, y, si quieres, pasaré la noche a tu lado.

—No vale la pena, mi tío—respondió.

Me llamaba tío desde que habíamos convenido en ello una vez, bromeando. Y su semblante duro y cerrado parecía preguntar: «¿Por qué me incomodas en mi dolor?»

—Tal vez tengamos que hablar de intereses—insistí.

El no dijo una palabra.

Todos ustedes saben, señores, lo que es una casa mortuoria cuando se vuelve así del cementerio... el olor a féretro, un olor a madera fresca, y las ramas de abeto... y las hojas caídas de las coronas... y las flores pisoteadas... Atroz, simplemente atroz. Mi hermana—ella era la que me cuidaba la casa entonces, ha muerto también hace mucho tiempo, la buena vieja...—se había esforzado por poner un poco en orden la casa de Pütz; había hecho sacar los paños negros, el catafalco... pero, en tan poco tiempo, no se había podido hacer gran cosa, fuera de eso. La dejé irse. Después fui a buscar al sótano de Pütz una botella de su mejor Oporto, y me instalé frente al joven que, sentado en el sofá, hacía bailar la punta de su sable sobre la bota.