He dicho ya que era un soberbio buen mozo. Grande, vigoroso, un verdadero dragón... un mostacho enmarañado, cejas negras, gruesas; y debajo, ojos como dos carbunclos. La frente un poco hosca, porque los cabellos estaban plantados demasiado abajo, pero esto sienta bien a los jóvenes; y la cabeza era hermosa. En fin, en toda su persona, esa elegancia, ese chic de los dragones de la guardia que todos hemos ambicionado, pero que no se encuentra en ninguna otra arma... el diablo sabe por qué.

Brindé con él, a la memoria del viejo, por supuesto, y le pregunté:

—¿Y qué piensas hacer?

—¿Qué sé yo?—masculla, lanzándome una mirada de animal acosado.

Sí, sí, la cuestión era esa... La fortuna del viejo nunca había sido brillante... y sin hablar de su pasión por todo lo que se bebe... y luego, ustedes saben, donde hay un pantano, las ranas afluyen a él siempre; y, sobre todo, el hijo que vivía desde hacía años como si los margales de Döbeln hubieran sido minas de plata...

—¿Y sube a mucho la cosa, muchacho?... Todavía no, tal vez ¿eh?—pregunté.

—Una suma respetable, mi tío—responde.

—Eso cae mal—dije;—toda la posesión está gravada con hipotecas, hay reparaciones urgentes que hacer, y tú lo sabes, la agricultura no rinde nada.

—¿Entonces, mi dimisión?—pregunta mirándome fijamente como el acusado que espera el fallo del consejo de guerra.

—A menos que tú tengas in petto alguna rica heredera que te saque del atolladero....