Meneó violentamente la cabeza.
—Entonces, sí; tu dimisión.
—¿Y si dividiera la propiedad, o lo que queda de ella?... ¿qué te parece?
—No te da vergüenza muchacho?—dije.—No se vende la camisa que se tiene en el cuerpo, ni se hace fuego con la madera de la cama.
—Hablas de la cosa muy cómodamente, mí tío... ¿No estoy entre las manos de los usureros?
Yo pregunto:
—¿Cuánto es?
El me dice una suma... No la repetiré, porque soy yo el que la ha pagado.
Le planteé entonces mis condiciones. Primo: dimisión inmediata. Secundo: obligación de dirigir personalmente los cultivos. Tercio: renuncia al pleito.
Este pleito, entablado contra Krakow de Krakowitz, había sido durante años el deporte favorito de mi viejo amigo. Se trataba de una herencia y, como sucede siempre en tales casos, los gastos del juicio se habían tragado ya tres veces lo que valía el guiñapo. Como Krakow era de mal dormir, la querella se había enconado y había degenerado en odio personal; por lo menos, de parte de Krakow, porque Pütz, con su flema bondadosa, se obstinaba en ver sólo el lado humorístico de la cuestión.