—¿El señor barón está en casa?

—Sí; ¿a quién tengo que anunciar?

—A Hanckel, al barón Hanckel de Ilgenstein.

—Tómese la molestia de entrar.

Entré, pues... Todo viejo, en todas partes; viejos muebles, viejos cuadros... el conjunto un poco apolillado, pero cómodo.

Oigo que echan votos detrás de la puerta:

—¿Ese maricón? ¡Pues es descaro!...

¡Era el alma maldita de Pütz, el muy canalla!

«Lindo recibimiento», pensé.

Voces de mujeres se interpusieron: