—Pero, papá...—maúlla una.

—Pero, hombre...—chilla otra.

¡Oh, la, la!...

Ahí entra, Señores. Si yo no lo hubiera oído en ese mismo instante, con mis propias orejas... Me tiende las manos; su cara de viejo pícaro resplandece, sus ojos de garduña pestañean de placer.

—¡Vecino!... ¡amigo!... ¡qué felicidad!

—Vea, Krakow. Ande con tiento, porque lo he oído todo.

—¿Qué ha oído, querido amigo? ¿qué es eso?

—Los títulos que me ha acordado usted: maricón, y Dios sabe qué más.

Y él, sin alterarse en lo más mínimo:

—Siempre lo he dicho, todos los días se lo estoy diciendo a mi mujer: las puertas no sirven para nada. Pero no hay que tomarlo a mal, mi viejo amigo. ¿Comprende?... siempre me ha fastidiado que usted se hubiera puesto de parte de Pütz. Y en este momento las señoras están preparando un ponche... con esto le digo todo. ¿Por qué no venía usted nunca a mi casa?... ¡Yolanda!... Es mi hija... ¡Yolanda!... Es la alegría de mi alma... No me oye. Bien decía yo a usted... las puertas no sirven para nada. Pero ellas están espiando por el ojo de la llave... ¡Largo de ahí, escuerzos!... ¿Siente usted como escapan? ¡Je, je!... ¡estas mujeres!...