—Sin embargo, deberías ir otra vez a Krakowitz, tío.
—¿Estás loco, muchacho?—exclamo.
Pero, al mismo tiempo, me siento tan feliz como si la suave mano de una mujer me acariciara la nuca.
—No tienes necesidad de hablar de mí—agrega, mirándose las puntas de las botas;—pero si tú fueras allá a menudo, quizá las cosas se arreglarían por sí solas.
Es tan fácil, señores, hacer cambiar mis resoluciones más sagradas como hacer balancear una espiga... Volví, pues, a Krakowitz... Y, volví otra vez, y otra vez...
Aguanté las burlas del viejo, bebí el café que su mujer me hacía, y escuché con beatitud las lindas arias que Yolanda me cantaba; aunque la música... en general... Cuanto más iba a Krakowitz, tanto más incómodo me sentía; pero era como si me arrastraran allá mil brazos, y no podía resistirme de ningún modo.
Ella seguía, como siempre, echándome miradas de reojo; pero ¿que significaban esas miradas? ¿eran un reproche, un llamamiento, o simplemente el placer de verse admirada? No podía adivinarlo.
En fin, a mi tercera o cuarta, he aquí lo que sucedió. Serían las doce del día apenas, y hacía un calor atroz; y yo, aburrido e impaciente, parto para Krakowitz.
—El señor y la señora están durmiendo la siesta—me dice el criado;—pero la señorita está en el terrado.
Tuve un presentimiento que me hizo palpitar el corazón; quise volverme inmediatamente; pero, de pronto, la veo delante de mí, blanca y altiva, con su traje de muselina; parece esculpida en mármol; mi vieja locura recrudece con más fuerza que nunca.