—¡Cuánto le agradezco que haya venido, barón!—me dijo.—Me aburría mortalmente. ¿Vamos al jardín?... ¿quiere? Hay allí un cenador muy fresco, en el que podremos conversar tranquilamente.
Pasa entonces su brazo por debajo del mío, y yo siento un estremecimiento. Les aseguro, señores, que en aquellos momentos me habría sido más fácil asaltar una fortaleza que bajar del terrado.
Ella no dice nada, y yo tampoco. El silencio se hace abrumador. Cruje el casquijo, zumban los insectos en las espíreas; pero, por lo demás, ningún ruido.
Ella se ha colgado confiadamente de mi brazo, y me obliga a detenerme a cada momento, cuando se inclina para arrancar una hierba o coger una brizna de reseda, con la que se acaricia la punta de la nariz, para tirarla en seguida.
—Querría poder amar las flores—dice.—¡Hay tantos que las aman... o que dicen que las aman!... Tratándose de amor, una no sabe nunca la verdad.
—¿Por qué?—le pregunté.—¿No puede suceder que dos seres se quieran bien y se lo digan, sin frases rebuscadas ni segunda intención?
—¡Se quieran bien! ¡se quieran bien!—repite ella con expresión de mofa.—¿Usted es de hielo, entonces, desde que para usted todo el amor consiste en quererse bien?
—Sea yo o no de hielo, el resultado es el mismo, desgraciadamente.
—Sí; usted tiene un corazón de oro—dice ella, mirándome de reojo con un poco de coquetería;—todo lo que usted piensa le sale de los labios francamente.
—También sé callarme.