—¡Oh, bien lo veo!—se apresura a decirme.—A usted yo podría confiarle todo, todo.

Y me parece que me aprieta ligeramente el brazo.

«¿Qué querrá de ti?» me digo, y el corazón parece querer salírseme por la garganta.

Llegamos delante del cenador, un cenador de aristoloquias... ustedes saben, esas hojas anchas de forma de corazón que interceptan todo rayo de luz. En un cenador de ese género siempre es de noche, cómo ustedes saben... Y entonces, ella me suelta el brazo, se agacha hasta tocar el suelo, y, arrastrándose, se introduce por un boquete en el tallar, cuyas ramas entrelazadas cierran toda otra entrada.

Y yo, el barón de Hanckel de Ilgenstein, modelo de dignidad y de circunspección, me deslizo a cuatro pies detrás de ella, por esa abertura poco más grande que la boca de un horno.

Sí, señores; ahí tienen ustedes lo que le hacen hacer a uno las mujeres.

Y, dentro del cenador, en la penumbra fresca, ella se tiende a medias sobre el banco carcomido... Se seca con el pañuelo la frente, el cuello, hasta el escote de la bata...

¡Qué hermosa es así! ¡qué hermosa!

Y mientras yo me dejo estar de pie, resollando como una foca, porque a los cuarenta y siete años, señores, uno no se pasea ya impunemente a cuatro patas, ella suelta una carcajada breve, dura, forzada.

—¡Ríase usted de mí!—le digo.