—¡Si supiera usted cuán pocas ganas tengo de reírme!—me dice, haciendo una mueca de dolor.

Y se restablece el silencio. Ella mira al suelo, frunciendo las cejas, y su garganta se hincha y se deshincha acompasadamente.

—¿En qué está pensando?—le pregunto.

Ella se encoge de hombros.

—¿Pensar? ¿para qué pensar?—responde.—Estoy cansada, querría dormir.

—Y bien, duerma.

—Pero usted también.

—Bueno; yo también.

Y, me tiendo a medias, como ella, sobre el banco de enfrente.

—Pero cierre los ojos—me dice.