Y, sumiso, cierro los ojos... Veo soles, ruedas verdes y haces de fuego, sin parar un momento... eso tiene por causa la agitación de la sangre, señores... Y, de tiempo en tiempo, una idea, como un relámpago, cruza por mi mente: «Hanckel, te estás poniendo en ridículo».
Todo está tan callado, que oigo a los escarabajos que trepan a lo largo de las hojas... Hasta la respiración de ella ha cesado.
«Tengo que ver, sin embargo, lo que hace», me digo, con el deseo secreto de admirarla a mi gusto durante su sueño. Pero, cuando, a hurtadillas, me aventuro a levantar un poco, un poquitito, los párpados, veo... ¡ah señores, siento frío en la espalda todavía!... veo sus ojos completamente abiertos, fijos en mí, feroces, devoradores, me atreveré a decir.
—Yolanda, hija mía—exclamo;—¿por qué me mira así? ¿qué le he hecho?
Ella se estremece, se pasa, como si hubiera estado soñando, la mano por la frente y por las mejillas, y se esfuerza por reír, con la misma risa breve, entrecortada, de un momento antes, y en seguida estalla en sollozos y llora, llora a lágrima viva.
Me precipito hacia ella; querría acariciarle los cabellos, pero mi valor no da para tanto. Le pregunto qué es lo que la apena, si no quiere tener confianza en mí, y otras cosas por el estilo.
—¡Ah! ¡soy el ser más desamparado, más miserable del mundo!—exclama con un gemido.
—¿Y por qué?
—Quiero hacer una cosa... una cosa terrible... y no tengo valor para ello.
—¿De qué se trata?