—No puedo decirlo... no puedo decirlo...
Y no sale de eso, a pesar de todos mis esfuerzos para que se decida a hablar. Pero, poco a poco, su fisonomía se transforma, adopta una expresión resuelta, sombría, y sus labios acaban por murmurar amargamente:
—Quiero salir de esta casa... Quiero fugarme...
—¡Gran Dios! ¿y con quién?—pregunto consternado.
Ella se encoge de hombros:
—¿Con quién? ¡Sí nadie en el mundo se interesa por mí!... ¡ni un cuidador de vacas siquiera!... Pero tengo que irme a la fuerza. Aquí una acaba por perder toda esperanza, por morirse... Y, como nadie viene, huiré sola.
—Pero, mi querida señorita, comprendo que se aburra usted un poco en Krakowitz; es muy aislado esto... y su señor padre tiene historias con todo el género humano... Pero, en fin, si usted tiene ganas de casarse, una mujer como usted no tiene más que hacer que levantar el dedo meñique.
—¡Oh, cállese!—me responde;—esas son frases. ¿Quién me querría a mí? ¿Conoce usted a alguno que me quiera?
El corazón me late desesperadamente. Yo no quiero decirle... sería una locura... y, sin embargo, me pongo a asegurarle que yo no hago frases, que desearía probárselo, o cosa así... Porque, a hacerle una declaración en regla, por el momento ¡gran Dios! no me atrevo. Ella cierra los ojos, suspira profundamente, y, poniéndome la mano en el brazo, dice:
—Antes de que se vaya, tengo que hacerle saber una cosa, para que no se deje engañar tan miserablemente. Mis padres no están durmiendo... En cuanto oyeron su coche, se encerraron... es decir, él fue el que la obligó a mamá... Esta entrevista nuestra en este sitio es una cosa preparada. Yo tengo que transtornarle a usted la cabeza para que usted se case conmigo. Desde el día que hizo usted su primera visita, los dos no hacen más que atormentarme, él con sus reprensiones, ella con sus ruegos. «Que yo no debo perder esta ocasión, porque un partido así no volverá a presentarse nunca». Perdóneme señor, pero yo no quería; aun cuando hubiera sentido simpatía por usted al principio, la insistencia de ellos habría bastado para desanimarme. Pero, ahora, que he abierto a usted mi corazón, ahora sí, quiero. Si yo le gusto, tómeme, soy suya.