—Benditas sean sus manos—dice el joven en voz baja y tímida, y con más gravedad que de costumbre.
No puede menos de acordarse de su madre muerta, que continuamente estaba quejándose del polvo insoportable y de que no hubiera en todo el patio el más pequeño sitio para descansar.
—¡Qué lástima que no pueda ver esto!—dice a media voz, siguiendo su pensamiento.
—¿La madre?—pregunta ella.
El, sorprendido, la mira. No ha dicho: «su madre»; esto le sorprende al principio y luego le causa una sensación de bienestar, como no la ha experimentado nunca en su vida. Se siente penetrado de un dulce calor que le invade el corazón y no quiere disiparse. Hay, pues, en el mundo, fuera de la familia, una mujer joven y bella que habla de la madre de él como de la suya propia, como si ella fuese una hermana, aquella hermana tan deseada en los años infantiles, cuando sus ojos se fijaban con admiración secreta en las muchachas de la aldea.
La joven repite dulcemente la pregunta.
—Sí... la madre—responde él dirigiéndole una mirada de reconocimiento.
Durante un segundo la joven sostiene esa mirada; después baja los párpados y dice, un poco turbada:
—¿Dónde estará Martín?
—En el molino, seguramente.