Franquean los dos la gran puerta cochera sin haber reanudado la conversación.
Juan mira a su alrededor y suelta un grito de admiración. No quiere creer en sus sentidos. Todo ha cambiado, todo está embellecido. El patio, que la lluvia en otro tiempo convertía en un horrible pantano y que durante el verano era un hoyo lleno de polvo, luce entonces un verde césped y parece una pradera cubierta de flores. Las puertas del granero y de las cuadras brillan con un hermoso color obscuro y tienen números pintados de blanco. En medio del patio se alza sobre la hierba un palomar artísticamente construido, que recuerda los chalets de la Suiza. Delante de la vivienda sube un emparrado nuevo, cubierto de pámpanos, que se entrelazan alrededor de las ventanas, brillando al sol, y que prometen un abundante follaje.
El molino aparece a sus ojos deslumbrados como un asilo donde reina la paz y la inocencia.
Impresionado cruza las manos y pregunta:
—¿Quién ha hecho esto?
Ella pasea su mirada por el contorno y guarda silencio.
—¿Usted?—pregunta el militar sorprendido.
—He contribuido un poco—responde la joven modestamente.
—¿Pero es usted la que ha tomado la iniciativa?
Ella sonríe. Esta sonrisa le da más años, esparce sobre su rostro de niña la gracia de la mujer.