Después, con la barbilla hundida en el cuello, deja oír una leve risa.

—Es usted muy graciosa—dice el militar un poco más sereno.

—¿Yo graciosa?... ¡de ningún modo! Continúe usted su camino; entretanto yo voy a atravesar rápidamente el huerto para avisar a Martín.

Iba a marcharse; de improviso se detiene pero se pone el índice sobre la nariz y dice:

—Espere; voy a pasar al otro lado para ir con usted.

Antes que el joven tenga tiempo de tenderle la mano para ayudarla, ella pasa, rápida como un lagarto, por entre las piedras del cerco.

—Ya estoy aquí—dice arreglando con la mano los pliegues de su falda.

Colócase en el cuello el pañuelo que tenía anudado en la cabeza, y sus cabellos rizados y en desorden, que caen sobre la frente y la nuca, se ponen a flotar al viento, felices por haber recobrado la libertad.

La mirada de Juan se detiene admirada sobre la belleza fresca y virginal de aquella joven, que tiene las maneras de una niña sencilla y traviesa. Ella sorprende esa mirada, y ruborizándose un poco echa para atrás los indomables bucles.

Caminan un instante en silencio, uno al lado del otro. La joven baja los ojos y sonríe, como si de pronto se hubiera apoderado de ella la timidez.