—No hace tanto tiempo que no lo soy—dice ella riendo.

Los dos, uno a cada lado del seto, se contemplan con curiosidad. Pero la joven reflexionando, se limpia ceremoniosamente en el delantal las sucias manos de tierra y las tiende a través del cercado.

—¡Bien venido sea usted, cuñado!

El coge las manos que le ofrecen, pero guarda silencio.

—¿Está usted acaso incomodado conmigo?—pregunta ella lanzándole una mirada maliciosa.

Juan se siente completamente desarmado frente a la joven y lo único que puede hacer es sonreír con expresión cohibida, diciendo:

—¿Yo... incomodado? ¿Por qué?

—¡Me parecía!

Y alzando el dedo con ademán de amenaza, la joven agrega:

—¡Oh! ¡Tendría que ver!...