Y, para disimular su turbación, se lleva la mano al bigote.
—Sí, se trabaja—repite ella maquinalmente, mirándolo siempre.
Después, de pronto tendiendo hacia él la mano y apartando los cinco dedos como si quisiera señalarlo con todos a la vez, dice en medio de una explosión de risa:
—Pero ¿no es usted Juan?
El balbucea:
—Sí... soy yo... ¿Y usted?
—Yo soy su mujer.
—¿Qué? ¿usted?... ¿la mujer de Martín?
Ella hace con la cabeza un signo afirmativo, adoptando una expresión de dignidad, mientras sus ojos se llenan de malicia.
—¡Pero si parece usted una muchacha soltera!