Echa más atrás aún su gorra de hulano y toma una actitud resuelta, pues quiere dominar su emoción a todo trance.

Los campos que se extienden a derecha e izquierda del camino pertenecen todos al molino. A la derecha hay centeno de invierno, como de costumbre; pero a la izquierda, donde se plantaban en otro tiempo las patatas, hay entonces una huerta en la que se alinean gravemente, en filas regulares, los espárragos y los tallos de remolacha.

A unos cinco pasos próximamente del seto aparece una figura femenina, de talle esbelto y formas juveniles, que, encorvada hacia la tierra, trabaja con ardor.

¿Quién será? ¿Pertenecerá al molino? Una nueva criada quizás. Pero no; tiene una figura demasiado elegante; sus zapatos son demasiado delicados, su delantal demasiado lujoso, y el pañuelo blanco que le cubre de un modo tan pintoresco es de tela demasiado fina para una criada. ¡Si no ocultase tanto el rostro!

¡Ah! levanta los ojos... ¡Mil truenos! ¡qué encantadora muchacha!... ¡Qué vivo color el de sus redondas mejillas! ¡qué brillo el de sus ojos negros! ¡cómo piden besos sus labios finamente dibujados!

Al verlo a su vez, ella deja caer la azada; después lo mira fijamente.

—Buenos días—dice el joven llevando la mano a su gorra con ademán un poco cohibido.—¿Sabe usted si el molinero está en casa?

—Sí, está en casa;—dice ella sin dejar de mirarlo.

«¿Qué diablos querrá contigo?» piensa el soldado tratando de vencer su timidez. Después de su estancia en Berlín, Juan tiene algunos motivos para considerarse un poco conquistador, y es para él una cuestión de honor aproximarse al seto y trabar conversación con la joven.

—¿Se trabaja?—pregunta, por decir algo.