—¡Nadie!—dice Juan echándose a reír y retorciendo el bigote, cuyas puntas insolentes amenazan al cielo.
—¿Y en casa?
Juan toma entonces una expresión seria y tiende la mano a su camarada.
—¡Ah sí!... todavía tienes que ir allá. Eso debe hacerte tictac ahí dentro.
Y le da un golpecito en el pecho para cerciorarse. Una risa fugitiva pasa por los labios de Juan, que reprime en seguida un suspiro, como esforzándose por dominar una emoción.
Franz le pone la mano en el hombro:
—Vas a encontrar una linda cuñada...—dice haciendo un chasquido a la lengua y guiñando el ojo.
Juan, al oír estas palabras, siente despertar en él el despecho y la cólera. Se encoge de hombros con expresión desdeñosa, tiende otra vez la mano a su amigo y se aleja haciendo sonar las espuelas.
Tres minutos más de camino y llega al extremo de la aldea. Allá abajo está la iglesia, un poco desmoronada la pobre vieja. Pero las campanas hacen oír todavía la querida música que acarició sus tímpanos el día de la confirmación, como una promesa de ventura... A la izquierda, la posada... ¡mil truenos!... tiene una puerta cochera nueva tallada de piedra y en la ventana se ven enormes botellas llenas de líquidos de color rojo brillante y verde de arsénico. ¡Ha prosperado el posadero de «La Corona»!
Ese camino baja hacia el río... Y allá, en el fondo, aparece el molino, el objeto de sus sueños. ¡Cómo brilla el viejo techo de paja por arriba de los grupos de árboles! ¡cómo hacen resaltar los cerezos en flor su blancura de nieve en el jardín! ¡Cuán alegremente le grita el tictac de las ruedas! «¡Bien venido seas, bien venido seas!» ¡Qué dulce canción murmura la vieja y querida presa, cubierta de musgos verdes!