Bueno... ¿qué hizo Juan? Lleno de terquedad, no volvió a su pueblo; se fue primero a probar fortuna en tierras extrañas, viajando a diestro y siniestro por montes y por valles. Y después, al cabo de tres semanas, reconociendo que, a pesar de la presencia de la hija del molinero de Lehnort, la vida era mil veces más bella en el molino de Felshammer que en cualquier otra parte, emprendió alegremente el camino a su pueblo.

En un espléndido día de mayo, Juan hace su entrada en la aldea de Marienfeld.

El honrado Franz Maas, que durante el otoño último se ha establecido como panadero, está plantado delante de su tienda, con las piernas abiertas, mirando con complacencia como se balancean dulcemente las rosquillas de hojalata, arriba de su puerta, a impulsos de la brisa del mediodía. De pronto, ve un hulano que avanza cantando por el camino; lleva la gorra de cuartel echada atrás y sus espuelas resuenan. El panadero siente palpitar su corazón de reservista bajo su delantal blanco; se quita la pipa de la boca y, haciendo una bocina con la mano, exclama:

—¡Juan! ¡Es Juan, no hay duda!...

—¡Eh! ¡Camarada!

Y caen uno en brazos de otro.

—¿De dónde vienes en esta época del año? ¿Has desertado?

—¡Vaya!... ¡Qué ocurrencia!

Después empiezan las preguntas y las confidencias. El capitán, el cabo, el cantinero, la muchacha rubia de la panadería, a la derecha del cuartel, a quien llamaban «Magdalena panecillo»; no se olvida a nadie.

—¿Y tú? ¿Te han reconocido en la aldea?—pregunta Franz, cuya insaciable curiosidad se dirige entonces al suelo natal.