Ambos, en una hora solemne, en medio de la paz de la noche se habían hecho la promesa de no separarse nunca y de no admitir junto a sí a una tercera persona, que llevaría el amor o el odio entre ellos.

No habían contado con el consejo real de revisión. Llegó el día en que Juan se vio obligado a hacer su servicio militar; tenía que ir muy lejos, a Berlín con los hulanos de la guardia. Ese fue para los dos un rudo golpe. Martín, como de costumbre, ocultó su pesar sin decir nada; Juan de naturaleza más animada manifestó un dolor inconsolable, hasta el punto de tener que sufrir, en el momento de la marcha, mil burlas de sus camaradas.

Pero su dolor no fue de larga duración. Las fatigas de los primeros ejercicios, el movimiento confuso de la capital, tan nuevo para él, no le dejaban lugar para abandonarse a sus ideas; solamente cuando estaba tendido sobre su catre, a la hora tranquila del crepúsculo, la melancolía y los recuerdos lo asaltaban con una violencia extraordinaria. Veía brillar entonces en la obscuridad, como un paraíso perdido, el molino en que había transcurrido su infancia y el tictac de las ruedas resonaba en su oído como un canto divino. Al sonar la diana se deshacía el encanto.

Martín era mucho más desgraciado en el molino, donde se había quedado completamente solo, pues no había que considerar compañeros suyos a los jornaleros y al viejo David, que su padre le había dejado al morir. Jamás había tenido amigos, ni en la aldea, ni en ninguna otra parte; Juan compendiaba para él todas las amistades. Silencioso y concentrado en sí mismo, vagaba al azar; su espíritu se obscureció cada vez más, se sumió en ideas tristes, y la melancolía acabó por rodearlo de tales sombras que el espectáculo de su víctima empezó a asediarlo. Tuvo bastante juicio para comprender que no podía seguir haciendo esa vida. Buscó entonces distracciones a toda costa; los domingos frecuentaba los bailes, iba a las aldeas vecinas, sobre todo para visitar a las gentes del oficio.

Resultó de esto que un buen día, al comienzo de su segundo año de servicio, Juan recibió de su hermano una carta concebida en estos términos:

«Mi querido hermano: Es preciso que te escriba aunque te incomodes conmigo. Me es imposible soportar por más tiempo la soledad, y he resuelto casarme. Mi prometida se llama Gertrudis Berling; es hija del propietario de un molino de viento de Lehnort, a dos leguas de nuestra casa. Es muy joven todavía y yo la quiero mucho. La boda se efectuará dentro de seis semanas. Si puedes, pide permiso para venir. Querido hermano, te suplico que no me guardes rencor. Sabes perfectamente que el molino será siempre tu hogar, haya o no en él, una mujer. La herencia de nuestro padre nos pertenece en común. Gertrudis te envía sus saludos. Una vez os encontrasteis los dos en la fiesta de los cazadores. Tú le gustaste mucho entonces, pero no te fijaste en ella absolutamente; y me ruega te diga que eso la contrarió bastante. Adiós. Tu fiel hermano.»

Juan era un niño mimado; para él, puesto que se casaba, Martín hacía traición al amor fraternal. A Juan le parecía que su hermano lo engañaba y cometía un atentado contra sus derechos inalienables. En el mismo lugar donde él había reinado hasta entonces como señor iba a instalarse una extraña, y su situación, en su propia casa, iba a depender de la generosidad y de la condescendencia de aquella mujer.

Las muestras de cariño que por adelantado le daba tan familiarmente la hija del molinero no lograron calmarlo ni hacerle olvidar su despecho. Cuando llegó el día de la boda no pidió permiso, y se contentó con enviar un saludo por medio de su antiguo condiscípulo Franz Maas, que justamente terminaba entonces su servicio.

IV

Seis meses más tarde, él también lo había terminado.