Al día siguiente, llega Lotario Pütz, de uniforme.
—Siempre de servicio, muchacho?—le pregunto.
—Mi dimisión no ha sido aceptada todavía—responde mirándome con ojos atravesados, como si yo fuera la causa de todas sus desgracias.—Por otra parte, mi licencia está por terminar y tengo que volver a Berlín.
Le pregunto si no podría conseguir una prórroga, pero bien veo que no la quiere: «Echa de menos el círculo...» Todos sabemos lo que es eso.
Y, además, tiene que vender sus muebles y que arreglarse con sus acreedores.
—Vete, pues—le digo;—y Dios te acompañe, hijo mío.
Por un instante me pregunto si voy a confiarle mi nueva felicidad; pero no me atrevo. Estoy seguro de que pondría una cara de imbécil al hacerle esa confesión, y me callo... además, podría ser que Yolanda cambiara de idea y, sondando el fondo de mi corazón, creo que anhelo eso tanto como lo temo.
Experimentaba un sentimiento... ¡bah! ¿para qué querer poner en limpio los sentimientos? Los hechos hablarán.
A la mañana del octavo día, el cartero me trajo un sobre, con los bordes dorados... escrito por ella... Al principio me sobrecogió un gran miedo, y los ojos se me llenaron de lágrimas.
Me dije: «Ya está, querido amigo, te han mandado el hoyo...»