Pero, en seguida, sentí una gran tranquilidad. Mientras abría el sobre con unas tijeras, deseaba casi encontrarme con una repulsa brutal y definitiva.

Y leí.

«Amigo mío: Mi resolución se ha afianzado, como usted deseaba. Espero qué vendrá hoy a ver a mi padre.—Yolanda».

—¡Ah, qué felicidad!... No es fácil concebir la dicha de un momento semejante.

Pero, después... ¡qué vergüenza, qué vergüenza! Sí, señores; me sentía abochornado al pensar en las miradas socarronas y equívocas a que iba a verme expuesto, y de buen grado me habría echado atrás.

Pero había llegado la hora. ¡Adelante, por la gloria!

Ante todo, traté de ponerme buen mozo. Al afeitarme me corté dos veces; uno de los palafreneros tuvo que ir corriendo hasta la farmacia, a dos millas de distancia, en busca de tafetán inglés color carne... yo no tenía más que negro en casa...

Después me apreté la hebilla del chaleco hasta quedarme sin respiración, y mi pobre hermana vieja estuvo a punto de perder la paciencia, a fuerza de hacer y deshacer, y volver a hacer, el nudo de mi corbata, al que no conseguía darle un aspecto bastante inspirado.

Y, entretanto, siempre este pensamiento lancinante: «Hanckel, te estás poniendo en ridículo.»

Sin embargo, mi llegada a Krakow fue magistral. Una yunta de caballos de pelo gris, nacidos en mis tierras, el landó nuevo, acolchonado con raso granate... La entrada de un príncipe no habría sido más triunfal; a pesar de todo, me habría batido en retirada... tan cobardemente me latía el corazón.