El viejo me recibió en la puerta, como si no tuviera la menor idea de lo que se preparaba... Y, cuando le pido un momento de conversación a solas, adopta el gesto reservado del que teme ser objeto de un pedido imprevisto de dinero.
«Está bien; pronto levantarás bandera de parlamento», me digo; y espero la respuesta, que ha de dar lugar a una buena escena, muy conmovedora, con abrazos, lágrimas de alegría, y todo el aparato escénico del caso... Porque uno se hace terriblemente vanidoso, señores, cuando tiene el portamonedas bien provisto.
Pero el viejo zorro era entendido en negocios; sabía que, para dar valor a la mercancía a los ojos del comprador, hay que hacérsela desear.
Cuando hube presentado mi demanda, me respondió hinchado por una dignidad repentina:
—Disculpe, señor barón. ¿Quién me asegura que ese matrimonio, esa unión... contra naturam, confiéselo... va a tener buen resultado? ¿Quién me garantiza que, dentro de un año o dos, no volverá aquí mi hija, en cabeza, en camisa, a declararme: «Padre mío, yo no puedo vivir ya con ese viejo... Téngame a su lado?...»
—¡Ah, señores! ¡eso era duro!
—Ahí tiene usted—continuó,—ahí tiene usted la razón de que, como padre prudente, yo no me atreva a entregarle mi hija.
¡De modo que me manda a paseo!... ¡se burla de mí!...
Me levanto, porque la entrevista me parece terminada; pero el viejo se precipita y me obliga a sentarme otra vez:
—...Sin embargo, se la entregaría guardando las formas que un hombre como yo se cree obligado a imponer a un hombre como usted... o, para hablar más claramente, observando las formalidades por medio de las cuales un padre debe asegurar el porvenir de su hija... o, para ser más preciso todavía, la dote...