Entonces lo comprendo todo, y suelto la carcajada. ¡Ah, viejo fullero! ¡viejo fullero! ¡Para no soltar dote era para lo que había representado toda esa comedia! Al verme reír, manda al diablo el énfasis afectado, el pudor y la dignidad, y se echa a reír también con toda la boca; luego me dice:
—¡Oh! desde el momento que usted toma así la cosa, amigo mío... Si yo lo hubiera adivinado... Pero, usted bien lo sabe, hay que tantear siempre el terreno... y si cuaja, tanto mejor...
De modo que estábamos de acuerdo.
Entonces se llamó a la baronesa; y, digámoslo en honor suyo, olvidó el papel que tenía que desempeñar; se me echó al cuello en cuanto su marido hubo acabado, para salvar las apariencias, de explicarle la situación.
¿Y Yolanda?
Pálida como la muerte, con los labios apretados, los ojos entornados, apareció en la entrada del salón y me tendió silenciosamente las dos manos. Después, con paso de autómata se acercó a sus padres y se dejó abrazar por ellos.
Vean, señores, esto me dio que pensar otra vez.
V
Lo que me temía, señores, no sucedió...
A lo que parece, yo no tenía la menor idea del aprecio y de la amistad de que era objeto dentro de nuestro círculo. Mis esponsales tuvieron la aprobación de la nobleza y también del grueso público; por todas partes no vi más que caras sonrientes y manos afectuosamente tendidas que me felicitaban.