No veía en ella una alegría sincera. Siempre que llegaba, la encontraba con el rostro pálido, la expresión fría, la mirada turbia por entre los párpados bajos. Sólo cuando me la llevaba a un lado y le hablaba alegremente, acababa por animarse y por demostrarme una especie de ternura filial.

Pero también, señores, ¡cuán delicado me mostraba yo con ella! ¡extraordinariamente delicado, les aseguro!... La trataba como si fuera la princesa de un cuento de hadas; todos los días descubría yo en mi corazón nuevas fuentes de delicadeza, y me sentía positivamente orgulloso de mi refinada finura.

A veces, sin embargo, me asaltaban impulsos de contar un cuento picante o de soltar un juramento gordo. Esta perpetua vigilancia sobre mí mismo me abrumaba. Gracias a Dios, tengo el corazón bastante tierno y bastante generoso para comprender las exigencias de otro corazón, sin que haya afectación de mi parte. Pero hasta cierto punto eso me hacía el efecto de estar en la situación de un acróbata que avanza por la cuerda con los ojos vendados. Un movimiento falso a la derecha, un movimiento falso a la izquierda... ¡patatrás!... al suelo.

De modo que, cuando me veía otra vez en mi vasta casa vacía, en la que podía silbar, jurar, gritar, echar pestes y maldiciones a mi gusto, y hacer Dios sabe cuántas cosas más, sin chocar ni incomodar a nadie, experimentaba un verdadero bienestar y me decía más de una vez: «¡A Dios gracias! ¡todavía soy libre!»

Sí, pero no por mucho tiempo... Como nada se oponía al matrimonio, éste debía celebrarse dentro de seis semanas.

Una horda de tapiceros, de carpinteros, invadió mi querido Ilgenstein y lo puso patas arriba. Todos mis deseos se veían contrarrestados por la frase:

—¡Oh, señor barón! ¡eso no es de buen gusto!

Y, a fe mía, que los dejaba hacer; porque en aquella época yo sentía todavía un santo respeto por el famoso «buen gusto». Sólo mucho más tarde fue cuando comprendí que, por lo común, eso no es más que una pantalla para disimular la pobreza de espíritu.

En fin, lo cierto es que, so pretexto del maldito buen gusto, en poco tiempo la banda devastadora no dejó ni un rincón intacto en Ilgenstein. No conseguí poner a cubierto de la invasión nada más que mi gabinete de trabajo. Allí sí; prohibí enérgicamente toda tentativa de buen gusto... Y mi viejo catre... naturalmente... nadie se había atrevido a ponerle las manos encima.

¡Ah, sí, señores! esa cama...