Vean, oigan esto... Un buen día, viene a verme mi hermana... Dicho sea de paso, ella hacía causa común con toda esa gentuza... Entra, pues, en mi aposento, mostrando en sus labios la sonrisita falsa que adoptan las solteronas cuando se hace alusión delante de ellas a la manera cómo vienen al mundo las criaturas.

—Tengo que hablarte, Jorge—me dice, tosiendo afectadamente, sin mirarme.

—¡Bueno! ¡Empieza!

—Es a propósito...—balbucea,—es decir, me parece que... ¿qué piensas tú al respecto?... tú no puedes continuar durmiendo en esa cama espantosa, sobre un jergón...

—¿Y si a mí me gusta dormir así?

—No me comprendes...—murmura, cada vez más turbada;—después... cuando... en fin, una vez que te cases...

—¡Diantre! ¡no había pensado en eso!...—Y yo, un viejo lobo, me pongo tan turbado como ella.

—Habrá que avisar al ebanista—digo.

—Mi querido Jorge—dice ella con importancia;—perdóname si creo que entiendo el asunto mejor que tú.

—¡Hum, hum!—le digo, amenazándola con el dedo, porque mi mayor placer ha sido siempre plantar en el banquillo su pudor de solterona.