Ella se pone colorada de vergüenza, y continúa:

—He visto en casa de mis amigas, en casa de la señora de Houssel y de la condesa Finkenstein, dormitorios espléndidos... es preciso que tengas tú uno igual.

Yo pregunto:

—¿Cómo es?

Debo decir a ustedes, señores, que, al encontrarme con que el gran tacaño de mi suegro no quería pagar ni siquiera el arreglo de la casa, yo había dicho que el mobiliario estaba completo y había encargado en seguida lo indispensable a Berlín y a Königsberg. Naturalmente, me había olvidado de la cama.

—¿Qué prefieres?—insiste ella;—seda rosa cubierta de tul ilusión o seda adornada con puntillas? Tal vez se podría decir también al pintor que está haciendo el cielo raso que lo adorne con unos cuantos amorcillos.

¡Ay, ay, ay, señores!... yo no me sentía a gusto... ¡Yo y Cupido!...

—En cuanto a la cama—prosigue ella, implacable,—no habría tiempo de terminarla...

—¡Cómo!—replico;—¡seis semanas para hacer una cama!...

—¡Pero Jorge!... Los dibujos, los planos solamente requieren un mes.