Dirigí una mirada entristecida a mi vieja cama querida. Para ésa no había habido necesidad de dibujos. Me la habían hecho en medio día; seis tablas y cuatro montantes.
—Lo mejor—continúa ella,—sería escribir a Lotario pidiéndole que elija en Berlín lo más bonito y más fino que encuentre en las tiendas.
—¡Haz lo que quieras, y déjame en paz!—le dije, enervado.
Y mientras la pobre se retira un poco ofendida, le grito:
—Y, sobre todo, encomienda al pintor que trate que los amorcillos se me parezcan.
Ahí tienen, señores, cuál era mi estado de ánimo durante el período de noviazgo... Y cuanto más se acercaba el día de la boda, tanto más incómodo me sentía.
No porque tuviese miedo... o más bien, sí... tenía un miedo horrible... pero, aparte de eso, experimentaba la sensación de haber cometido una falta, de haber hecho daño a alguno... ¿cómo decir?... Pero, ¿a quién?... A ella no, por cuanto ella lo había querido así. A mí, tampoco, ¿no era yo el más feliz de los mortales? ¿A Lotario?... Muy bien podría ser.
El pobre muchacho había contado conmigo como un segundo padre, y yo lo abandonaba, pasándome al enemigo con armas y bagajes. ¡Vean ustedes cómo cumplía yo la palabra que había dado a Pütz en su lecho de muerte!
Señores, aquel de ustedes a quien las circunstancias hayan obligado a alistarse en las filas de los bribones... y ¿cuál es el hombre honrado que no ha tenido que hacer eso alguna vez en su vida?... ese me comprenderá.
Me devanaba los sesos día y noche, y me roía las uñas hasta hacerme sangre; y, no encontrando otra manera de arreglar las cosas, resolví reconciliar a mi costa a las dos partes.