Confieso que me costó algún trabajo decidirme a ello; porque nosotros, los cultivadores, estamos muy aferrados, señores, a nuestros cuartos... Pero ¿qué es lo que no haría uno, cuando lo han declarado oficialmente «un buen muchacho?»
Me voy, pues, una tarde a casa de mi futuro suegro, y entro en su pretendido gabinete de trabajo. Estaba en preparativos para repantigarse en su diván, y lo incito, no sin vacilar, a que se reconcilie con Lotario... naturalmente, para tantear ante todo el terreno. Como lo había previsto, en seguida monta en cólera, jura, se sofoca, se pone lívido, y me señala la puerta.
—Pero—digo yo,—supongamos que él reconoce su error y abandona el pleito...
Señores ¿ha acariciado alguno de ustedes alguna vez un tejón?... quiero decir un tejón joven, medio domesticado. ¿Han notado ustedes los ojitos, medio burlones, medio dulces, con que mira mientras resuella suavemente? Enteramente igual fue la cara que puso el viejo; luego, me dijo:
—El no querrá.
—Pero, ¿y si consintiera?
—Entonces ¿eres tú el que paga los platos rotos?—me lanza a quema ropa el viejo pícaro.
—Yo me pregunto: «¿Tengo que negar?»
¡Bah! ¡Que el diablo lo lleve!... y convengo en la cosa.
—Pues no—dice el otro secamente;—nada de eso, hijo mío, no acepto.