—¿Y por qué?
—A causa de los hijos, por supuesto... Tengo que pensar en los nietos que tu magnanimidad me otorgará sin duda. Yo no les doy dote; ¿y voy a quitarles también la paja del nido donde van a nacer? De todos modos, estoy seguro de ganar el pleito si las cosas se prolongan uno o dos años más; puedo esperar.
Entonces, ensayo la persuación.
—El dinero quedará en la familia—digo;—yo pago, y tú guardas el dinero. Y, cuando te mueras, ese dinero volverá a mi poder.
—¡Ajá! ¡conque cuentas ya con mi muerte!—grita el viejo, montando otra vez en cólera;—¡querrías seguramente enterrarme vivo y tirar en seguida el manotón a Krakowitz para redondear tus tierras! ¿Le has echado el ojo a mi Krakowitz desde hace tiempo, eh?
Imposible hacer entender razones a ese energúmeno; me decido a emplear los grandes recursos.
—Oye entonces mi última palabra:—le digo.—Yo no puedo entrar en tu familia sino con una condición: tu reconciliación con Lotario Pütz. Si te niegas, tendré que romper mi compromiso.
Eso le puso blandito.
—¡Qué cabeza hueca!—dijo;—no hay medio de hablar de sentimientos contigo. Yo pienso en tus hijos, en esas pobres criaturas que están por nacer todavía; y tú, tú no piensas más que en una ruptura y en otras borricadas por el estilo... Arregla el asunto así, si eso te place; yo no me opongo personalmente, no tengo nada contra Lotario Pütz. Al contrario: debe ser un mocetón enérgico, muy caballero, bastante aficionado a las muchachas lindas... Y, a propósito, hijo mío, te voy a dar un buen consejo. Tú vas a tener una mujer joven. Si ella no fuera mi hija, y no estuviera por eso mismo arriba de toda sospecha, yo te diría: «Riñe con él; no le prestes más dinero y reclámale lo que te debe...» Como tú comprenderás, la prudencia es una gran cosa.
Señores, hasta entonces, yo había tomado al viejo por su lado bueno; pero desde aquel momento se me hizo odioso. Bueno... el casamiento ante todo; que, después, ya sabré librarme de él.