Y, cuanto más se acerca el momento decisivo, tanto más me aprieta el miedo la garganta. Al fin, ya no dudo absolutamente de que ella va a decir no.
Señores, ella dijo sí... Respiré entonces como un malhechor que acaba de oír su absolución.
Pero, lo más extraño fue esto. En cuanto oí esa palabra y cesó mi angustia, sentí un vivo pesar. «¡Ah! ¿por qué no había dicho más bien no?»
Después de la bendición vinieron las felicitaciones sin fin. Y yo no hacía más que apretar manos, unas tras otras, con un ardor metódico: gracias, a la derecha; gracias, a la izquierda... Sentía un verdadero agradecimiento para todos esos imbéciles, que se acercaban a congratularme solícitos y alegres, gracias a la perspectiva de una buena comilona.
Faltaba uno todavía: Lotario.
Llegó entre los últimos, con la tez verdosa, la expresión hambrienta o fastidiada. Lo agarro del brazo:
—Aquí lo tienes, Yolanda—digo a ésta.—Es Lotario Pütz, hijo único de Pütz, hijo mío, casi. Dale la mano, llámale Lotario.
Y al ver que ella vacilaba, tomé sus cinco dedos y los puse entre los de Lotario. Entretanto, pensaba: «¡Qué suerte que él esté aquí!... Nos ha de ayudar más de una vez a salvar las situaciones difíciles.»
No se sonrían, señores. Veo que ustedes se figuran que poco a poco va a ir formándose, en mis propias barbas, una intriguilla amorosa entre esos dos jóvenes. No hay tal cosa... Tengan un poco de paciencia. Ya verán.
Nos sentamos, pues, a la mesa... Cubierto suntuoso, flores, vajilla de plata, un cúmulo de piezas montadas. El conjunto muy bien... Se sirvió ante todo una copita de Jerez para hacer entrar en calor al estómago. El Jerez era bueno, pero la copa muy chica; y no pude conseguir que me sirvieran otra.