«Tengo que ser galante con ella... cariñoso... las conveniencias lo exigen...» me decía, dirigiendo una mirada a Yolanda, colocada a mi derecha. Su codo me rozaba ligeramente el brazo, y la sentía temblar. «Es de hambre»; pensé. Yo también; no había comido nada todavía.

Se había puesto a mirar fijamente un candelabro de plata que tenía por delante, al que el tiempo había arrugado la superficie como la piel de una vieja. Su perfil... ¡Dios mío! ¡qué hermoso era ese perfil!... Y era mío... ¡Qué locura!

Bebí un gran vaso de un vino rubio, claro, que cayó gorgoteando dentro de mi estómago vacío. «De esta manera no voy a llegar nunca al grado de ternura que quiero», me dije, buscando inútilmente el Jerez con los ojos.

Entonces me sacudí:

—Come, pues, alguna cosa—le dije.

Y me sentí en la gloria por haber pronunciado esa frase.

Ella se inclinó y se introdujo la cuchara en la boca...

Después de la sopa trajeron el pescado... un salmón, si no me engaño... linda pieza... la salsa perfecta, con una especie de cognac, limón y alcaparras... muy delicada, en resumen. Después vino un plato de cabrito... no bastante adobado... pero eso es cuestión de gustos.

—Come, pues, alguna cosa—repetí a Yolanda, haciendo un corazón con los labios para que los convidados creyeran que le susurraba un cumplimiento.

Decididamente, la cosa no marchaba; sin embargo, yo me había bebido ya dos botellas de ese vino blanco, y empezaba a sentirme hinchado como un odre.