Traté de observar a Lotario, que había heredado de su padre un olfato especial para descubrir los mejores vinos; estaba en un extremo de la mesa, entre las jóvenes.

Un brindis vino a salvarme entonces; pude levantarme, y al darme vuelta descubrí un grupito limitado, pero escogido... botellas de jerez que el viejo había escondido detrás de una cortina... Substraje dos sutilmente, y, sin más demora, me puse a la tarea de ingurgitar coraje. La cosa tardaba en llegar, porque yo aguanto bien el vino, señores; pero, en fin, llegaba.

Después del cabrito sirvieron un salmorejo de perdices. Caza, dos veces seguidas; eso no era correcto. Sin embargo, el plato me pareció excelente... En ese momento, señores, fue cuando empezó a desprenderse del cielo raso, a bajar sobre nosotros lentamente, lentamente... una especie de niebla.

Entretanto, yo me había puesto ya muy galante, y barajaba los cumplimientos que era un gusto. Sí, le hacía la corte a mi novia; la llamaba «encantadora hada graciosa»; contaba aventuras de caza picantes, y explicaba a los que me rodeaban por qué un hombre debe soltar siempre el cascarón antes de casarse... En una palabra, señores, estaba irresistible...

Pero la niebla bajaba cada vez más densa. Eso se ve a menudo en las montañas, como ustedes saben. Las altas cumbres son las primeras que desaparecen; después las crestas y las colinas, unas tras otras...

Allí, las bujías de los candelabros fueron las primeras que se rodearon de una aureola rojiza y lanzaron rayos con todos los colores del arco iris; en seguida, todo lo que parloteaba y comía detrás de los candelabros se borró también a mis ojos.

De tiempo en tiempo veía relucir lo blanco de una pechera o el extremo de un brazo desnudo, en medio de una obscuridad purpurina, como diría Schiller.

¡Ah, sí! ¡es cierto! Una cosa más me llamó la atención. Era mi suegro, corriendo alrededor de la mesa con dos botellas de champagne en las manos; se detenía junto a los que tenían la copa vacía, completamente vacía, y les decía con insistencia:

—¡Pero beba, pues! ¿Por qué no bebe?

Cuando llegó junto a mí, le pellizqué la pierna y le dije: