—¡Viejo farsante! ¡a esto es a lo que llamas hacer correr el champaña a mares!

Como ustedes ven, señores, la cosa iba poniéndose seria.

Y, de pronto, siento que mi corazón se ensancha... Es necesario que hable; sí, es necesario que hable. Me pongo a golpear la copa como un poseído.

—¡Por el amor de Dios, cállate!—me susurra mi novia... quiero decir, mi mujer.

Pero, aunque la cosa tuviera que costarme la vida, tengo que hablar.

Después me han contado lo que dije entonces; si las informaciones son exactas, fue esto, poco más o menos:

«Señoras y señores... yo no soy ya un jovencito, pero no lo siento... y si alguno quisiera sostenerme que la juventud no debe unirse sino con la juventud, yo le replicaría que eso es una mentira infame... En mí puede verse la prueba de lo contrario, porque yo no soy ya joven... pero eso no ha de impedir que haga feliz a mi mujer, porque mi mujer es un ángel... y yo, yo tengo un corazón amante... ¡sí! ¡un corazón amante es el que late aquí debajo de mi chaleco!... y el que lo dude, que venga... que yo le abriré mi pecho»...

Al llegar a este punto las lágrimas ahogaron mis palabras, y me asaltó una aflicción tan grande que tuvieron que arrastrarme apresuradamente, fuera de la sala...

Al despertarme me encontré sobre un canapé demasiado corto para mi talla. Estaba sepultado bajo una montaña de capuchas, de esclavinas y de chales de lana. Tenía el pescuezo torcido y las piernas acalambradas.

Eché una mirada a mi alrededor... Una bujía solitaria ardía sobre una consola, en la que se veían cepillos, peines, alfileres para los cabellos; colgaban a lo largo de las paredes mantas, sombreros... ¡Ah! aquel era el tocador de las damas.