—¿Dónde está Yolanda?
—¿Qué sé yo? Búscala.
Y se pone a jugar otra vez. Los demás hombres estaban incómodos, pero trataban de no hacerlo ver:
—Siéntese, pues, joven esposo—me dicen.
Me apresuré a alejarme, porque me conocía; si hubiera contestado, habría sucedido allí una desgracia.
Tomando por caminos extraviados, evité el salón de baile. No me sentía con valor para afrontar las miradas de las madres.
En el corredor humeaba una lámpara de cocina; y salía de allí un ruido de vajilla y risotadas de criadas...
¡Puf!
Llamé a la puerta del aposento de Yolanda; nadie respondió. Repetí el llamamiento; el mismo silencio. Entonces entro.
¿Y qué es lo que veo?... Mi suegra sentada en el borde de la cama; de rodillas delante de ella, con la cabeza apoyada en el pecho de su madre, mi mujer en traje de viaje (¡ya!), y las dos llorando a lágrima viva.