¡Ah, señores! no me sentí orgulloso.
Habría querido escabullirme, saltar dentro del coche y gritar «¡A la estación!» Tomar el primer tren y huir a América, a cualquier parte, allá donde se refugian los cajeros infieles y los hijos pródigos.
Pero era imposible.
—¡Yolanda!—dije en tono humilde y contrito.
Las dos lanzan un grito. Mi mujer se abraza a las rodillas de su madre, que extiende los brazos como para protegerla.
—Yo no quiero hacerte daño, Yolanda—digo.—Lo único que quiero es pedirte perdón por haber sido tan imprudente, por exceso de amor a ti.
Silencio prolongado. No se oyen más que suspiros.
Entonces la madre le dice:
—Tiene razón, hija mía; levántate. Es hora de partir.
Yolanda se alza lentamente, con las mejillas húmedas, los ojos enrojecidos, el cuerpo sacudido siempre por los sollozos.