—Dale la mano a tu marido. No hay más remedio.

Perfectamente amable ese «no hay más remedio».

Y Yolanda me tiende la mano, que yo llevo respetuosamente a los labios.

—¿Ha visto a mi marido, Jorge?...—pregunta mi suegra.

Respondo que sí.

—¿Quiere llamarlo, para que Yolanda se despida de él?

Vuelvo a la sala del juego.

—Oye, suegro.

—Doce... diez y seis... veintisiete... treinta y uno...

—Suegro...