—¡Treinta y tres!... ¿Qué quieres?
—Queríamos despedirnos...
—Buen viaje. Que sean felices. ¡Treinta y seis!
—¿No quieres que Yolanda?...
—¡Treinta y nueve! ¡gané!... ¡Vengan los monacos!... ¿Quién quiere jugar conmigo todavía? ¿Tú, Jorge? ¡Vamos de una vez!
Entonces me fui.
Cuando, con la mesura del caso, hube informado a las damas de la casa, ellas se contentaron con mirarse una a la otra, en silencio; luego bajaron por la escalera de servicio al patio, donde nos esperaba ya el carruaje. El viento nos silbaba en las orejas, gotas de lluvia nos azotaban el rostro.
Las dos mujeres se estrechaban en un abrazo mudo, como si ya no fueran a separarse nunca. Pero, en esto, el viejo, que ha cambiado de idea, llega ruidosamente, y detrás de él los criados, a quienes ha dado el alerta, con lámparas y bujías.
Se echa sobre Yolanda y le frota las mejillas con sus mostachos.
—Hija querida, si la bendición de un padre que te ama profundamente...