Ella se desprende y lo aparta, casi como se aparta a un perro mojado, y salta dentro del coche.

Yo, detrás de ella... ¡En marcha!...

VII

Estamos en marcha, pues. Las luces del patio vacilan un instante todavía con el viento, y luego la noche es negra, completa.

¡Ah señores, qué viaje!

Las ruedas cortaban los aguazales... sis... sis... sis... y la tempestad gruñía... hu... hu... hu... y las gotas de lluvia tamborileaban sobre el landó... taratatá... taratatá...

Y yo me preguntaba: «¿Por dónde voy a empezar?»

De ella, yo no veía, no oía, no sentía nada... Me parecía estar completamente solo en aquella obscuridad.

Solamente cuando cruzábamos el bosque y la luz de los faroles del carruaje, al reflejarse sobre los troncos húmedos de los árboles, enviaba cierta claridad al interior, pude distinguirla acurrucada, hundida, en el rincón opuesto al mío; se habría dicho que trataba de romper el obstáculo para tirarse a la carretera.

¡Dios mío! ¡Pobre criatura! Acababa de abandonar todo lo que hasta entonces había sido su universo, su vida... Y su porvenir era un viejo, que, hacía apenas una hora, estaba ebrio.