Se diría que la sola idea de que David pudiese faltar del molino lo ha llenado de terror. Juan se echa a reír:

—¿Dónde está, pues, ese pícaro viejo?

—¡David! ¡David!

Y la voz potente de Martín resuena a través de la sala, dominando el ruido de las ruedas.

Entonces, del rincón obscuro de las máquinas, cuya masa gigantesca surge del suelo detrás del armazón de las ruedas, se adelanta pausadamente una larga figura vacilante, cubierta de harina de pies a cabeza; aparece un rostro pálido, en el cual sólo se lee esa especie de estupidez que producen los años; una nariz ligeramente colorada que baja hasta la barbilla, unos ojos enfurruñados que se ocultan bajo gruesas cejas, y una boca que parece agitada por un movimiento eterno de masticación.

—¿Qué me quiere mi amo?—pregunta el viejo colocándose delante de los dos hermanos, sin soltar la pipa de barro que pende y se balancea entre sus labios.

—¡Ahí lo tienes!—dice Martín golpeando en el hombro al viejo, mientras asoma a su rostro una sonrisa de tierno respeto.

—¿No me reconoces, David?—pregunta Juan tendiéndole amigablemente la mano.

El viejo lanza por entre sus dientes un salivazo negruzco, medita un instante y murmura:

—¿Por qué no lo he de reconocer?