—¿Y qué tal te encuentras?

El viejo vuelve a meditar, se rasca la cabeza y dice:

—¿Cómo me he de encontrar?

Y comienza a atar y a desatar entre sus dedos nudosos el hilo de un saco de harina; después, cuando está bien convencido de que no lo necesitan, vuelve a hundirse en su rincón obscuro.

El rostro de Martín está radiante.

—Tiene un gran corazón. ¡Veintiocho años a nuestro servicio, y siempre laborioso, siempre fiel a sus deberes!

—¿Qué hace ahora?

Martín no sabe qué contestar.

—Difícil es decirlo... Ocupa un puesto de confianza. ¡Ah! tiene un gran corazón... un gran corazón...

—¿Ese gran corazón roba todavía un poco de harina de los sacos?—pregunta Juan riéndose.